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lunes, 10 de agosto de 2015

La difícil dualidad profesional-sentimental.

Es complicado compaginar dos funciones en una mismo espacio y en el mismo instante, el profesional del fútbol no puede confundirse con el seguidor, porque sus fines son distintos,  el trabajador del balompié piensa en su futuro siendo lo primero el dinero y este es mal compañero de viaje porque puede traicionar a los sentimientos, por el contrario, el aficionado no manipula con caudales, solo se mueve por el amor a unos colores, no se venderá nunca ni pondrá precio  a sus ideales permaneciendo, siempre, fiel al escudo que de niño lució en su primera equipación.
Por mi edad, sobrepasado los cuarenta, esta realidad la he vivido más de una vez, en la mayoría de las situaciones las ganancias del profesional acaban derrotado a la pasión del sevillista de a pié. El jugador decide abandonar su estadio, dejando de lado el cariño de una parroquia que en los malos momentos lo ha arropado para hacer más leve el sufrimiento, quedando vacío una fracción del corazón de la hinchada. Además, pierde parte de su honor al no cumplir la palabra dada al primer amor cuando juró fidelidad eterna a la mujer de su vida, sin pensar que la debilidad le llevaría a caer rendido a las primeras proposiciones de una nueva dama de mayor riqueza olvidando el pasado y pensando en un presente de grandes ostentaciones, aunque en el camino dilapide otros valores incompatibles con el aumento de capital.
Con el paso del tiempo, el sentimentalismo se apoderará de la persona y recordará todo aquello que la ceguera del botín encontrado le solapó, desenterrará de su memoria las imágenes de la ciudad más bella que florece en el planeta tierra, donde la primavera gana terreno al invierno y en sus calles pasean gente sencilla, fiel y honrada que dona al forastero toda sus pertenencias. Cada triunfo será una evocación a los cosechados en el barrio de Nervión puesto que una conquista no solo supone el tesoro sino también el compartirlo con los tuyos y nunca una fiesta tendrá el colorido de las vividas en el Sánchez Pizjuán porque Sevilla patento el tener un color especial.
Lo siento, pero yo no distingo entre el buen y el mal sevillista, para mí no existen diferencias con Sergio Ramos, un enemigo indiferente en el campo que intentarás robarme la copa durante noventa minutos, tengo la certeza que no perdonarás a mi equipo si tienes la oportunidad de conseguir un gol porque el profesional juega, ahora,  en una región que no tiene claro si quiere pertenecer a mi nación. Y en la grada serás uno de los últimos porque los primeros, para mí, son los que anteponen el sevillismo al dinero, que roban tiempo a sus vidas para seguir al club de sus amores por todo el orbe mundial y que lloran en las derrotas y los triunfos junto a los suyos cada día de partido.
Por lo tanto, perdóname Ivan Rakitic, tus palabras no me conmueven, yo me considero de la escuela de Bilardo y los míos son los de colorado. Tú decidiste cambiar ese color, el día 11, nuestros intereses serán contrapuestos porque en la dualidad profesionalidad-sentimentalismos fuiste un perdedor ya que antepusiste las treinta monedas de oro al sentimiento.