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lunes, 18 de enero de 2016

El jeque.

Cada jornada intento escribir en este blog unas líneas sobre algún aspecto del partido celebrado en el barrio de Nervión, mi intención, siempre, es alejarme de la crónica y tratar un tema relacionado con la disputa y no sea el analizado por la prensa deportiva de la ciudad. El pasado sábado sentado en mi asiento contemplaba a la afición venida desde la Costa del Sol y echaba en falta la ilusión de hace cuatro temporadas cuando a finales de agosto arribaron en el mismo lugar pero con un talante distinto. Eran unos nuevos ricos, soñaban con cotas altas, se codeaban y miraban por encima del hombro al poderoso de Andalucía atreviéndose a menospreciar al gigante de la vieja Híspalis. David pensaba que la historia se repetiría y volvería a derrotar a Goliat, aunque esta vez, no contaba con la ayuda de una honda lanzada al tendón de Aquiles, sino, con el dinero llegado del lejano Oriente. Como consecuencia del botín encontrado, los soldados que traían al frente de su ejército no ostentaban el grado de novatos en estos menesteres, la mayoría poseían alta graduación en el campo del fútbol. Sin embargo, ese sueño se esfumó rápido y el tiempo les volvió a colocar en su sitio.

Por lo tanto, hoy, me apetece reflexionar sobre este tipo de héroe que habitó cerca de nuestro entorno, siendo encumbrado a los altares y destronado cuando equivocó los conceptos, convirtiendo el gran reino en un solar desmantelado. El jeque es un individuo que solo entiende el fútbol como un negocio, no ha cultivado desde niño la semilla del sentimiento por unos colores y si lo experimentó, lo olvidó rápido en un momento de debilidad. En esta posesión, el mundo del balompié se vive de forma distinta, aquí se lleva el escudo tatuado en el corazón desde la cuna, donde nos colocan una camiseta que defendemos a muerte. En esta patria se han derramado lágrimas de alegría o de tristeza, nos hemos hecho fuerte en los momentos de fragilidad y resucitado desde las propias cenizas como el Ave Fénix para volver a ocupar el territorio que la maldita ley de las sociedades anónimas nos hurtó con la compraventa de acciones. En mi dominio no codiciamos ser gobernados por un jeque, solo ansiamos ser liderado por un patriarca que entienda que en la tierra de María el balón no sirve para hacer transacciones y mercadear pisoteando el orgullo de un afición que no se deja traicionar y menos si es uno de lo suyo.

En nuestro centenario equipo no tienen cabida ni Stevanovic, ni Babá, ni Cicinho, ni Hervas, ni Rabello, ni otros tantos que se alinearon en el bando blanco que pasea a los tres santos de Sevilla por el orbe mundial. En el norte de Nervión manda el sevillismo puro el que no cambia, el que se pinta la cara con pinturas de guerra cuando la ocasión lo requiere y echa de sus fronteras a todo aquel que avance con la falsedad por bandera. Así que en este recinto deportivo no anhelamos jeques ni de Orienten ni de la propia ciudad, solo pretendemos soberanos que no conciban el fútbol como un filón para su propia especulación.