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domingo, 12 de abril de 2015

Y volvió a ser Noche de Reyes.

La noche de Reyes es especial, para niños y padres, porque ilusión y fantasía se dan la mano para recordar el instante mágico de la llegada de los Magos de Oriente a los pies de Jesús de Nazaret. Los niños son capaces de esperar un año para volver a vivir ese momento prodigioso, donde sus deseos son colmados con regalos. Ningún presente causa la misma satisfacción en un crío que el recibido en esa noche mágica, por lo tanto, son los Reyes los únicos capaces de llevarlo a ese estado de felicidad, donde se siente el ser más importante sobre la tierra.
 
En la noche de Reyes sucede que los sueños se hacen se realidad y surge la magia. Lo difícil se hace fácil, lo imperfecto se convierte en perfecto, lo vulgar se permuta en culto, lo grotesco se transforma en elegante, en conclusión, esa noche la vida es bella. Quizás el motivo, por el cual, no todas las noches pueden ser de Reyes, es poder diferenciar lo extraordinario de lo corriente.  Nunca disfrutaríamos de lo excepcional porque se convertiría en cotidiano, llegando la noche de Reyes a ser como las demás.
 
Si hacemos un símil con lo expuesto en los reglones anteriores, personalmente, me siento un niño cada día cuando acudo al Sánchez Pizjuán, soñando que esa sea la noche de Reyes e inunde el césped de nuestro santuario de ilusión y fantasía. Si, los astros se sitúan en la posición adecuada y los sueños se cumplen el espectáculo está servido. Las viejas gradas evocaran recuerdos del pasado de técnica y filigrana, la antigua escuela sevillana se apoderará de la noche y el fútbol se convertirá en arte. El sevillismo mirará al cielo para comprobar que en lo más alto, el tercer añillo, se abrirá una ranura, donde asomarán los aficionados consagrados que moran a lado de los dioses para comentarles, ese que juega en Nervión, es un grande, nacido en la Cisneros Palacios. 
 
Un grande que desde niño nos hizo delirar pensando en tardes de fútbol donde David vencía a Goliat, quién no recuerda al Madrid de los galácticos, pidiendo clemencia a un niño de Utrera y a otro del Polígono de San Pablo, que con el tiempo se convirtió en el hijo pródigo marchando en busca de mejor fortuna, para volver, de nuevo, a su casa buscando el amparo de los suyos. Aquellos que lo recibieron como se merecía, esperando volver a ver el Pizjuán lleno de pañuelos blanco, como el día del Valladolid, con aquel gol que consiguió en la portería de Gol Sur.
 
El tiempo ha parecido eterno pero ayer, fue de nuevo noche de Reyes, el sevillismo salió al finalizar el partido, jugando por las calles aledañas al estadio, intentando emular el pase que convirtió en obra magnánima el niño de Utrera, el Reyes del Pizjuán, que voltea lo imperfecto en perfecto.
 
Ya solo queda seguir esperando a la próxima, donde la ilusión y la magia se volverán a dar la mano, tornando la oscuridad en claridad, devolviendo el brillo a las estrellas en noche de Reyes.