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viernes, 31 de julio de 2015

El poder de una afición.

Hay situaciones en nuestra existencia difícil de relegar a un segundo plano, es imposible borrar ciertos hechos que quedan perpetuados en algún rincón de nuestro interior ocupando un espacio imposible de vaciar. Existen fotogramas a lo largo de la vida que nos acompañarán para siempre, aunque formateemos el disco duro de nuestra memoria permanecerán estáticos, siendo imposible de eliminar. Han pasado veinte años, la vida, en este periodo, nos ha deparado infinidad de momentos bonitos para ir suprimiendo los malditos. Ocho títulos llenan la sala de trofeos del viejo Nervión que han proporcionado infinidad de imágenes fastuosas, colmando, también, las vitrinas donde los sevillistas almacenamos los recuerdos que han ido forjando el amor a un escudo, pero no han servido para postergar las del 95. 
 
Nadie olvidará nunca aquel jueves de feria ni el gol que dejó para siempre inmortalizado en las retinas del aficionado a un niño del barrio, que con el veintisiete a la espalda nos subió al cielo por un instante para fundirnos en un abrazo con el ser querido, que nos acercó de la mano al Sánchez Pizjuán en época de sequía de triunfos y tuvo que emigrar al espacio celestial por los años ya cumplido. O la culminación en la noche holandesa de mayo, cuando las lágrimas de tristeza derramadas en aquella tarde del Tartieres se convirtieron en llantos de alegría porque conquistamos la copa, aquella que para algunos tienen forma de paragüero y para nosotros el molde perfecto. Después vino la manita en el Bernabéu, la visita a Mónaco, la toma de Escocia, el desembarco de Madrid, el destierro de Barcelona a más de 1000 kilómetros, el gol de Gameiro en Turín donde recuperamos a la prometida que juramos amor eterno y, por último, Varsovia para convertirnos en el club más laureado con cuatro Europa League.  
 
No obstante, cada cierto tiempo el sevillismo exhuma de la memoria las evocaciones que nos quedan del martes 1 de agosto de 1995 cuando el universo se derrumbó alrededor nuestra. Sonaban las señales horarias, el avance informativo de cualquier cadena radiofónica iba a comenzar, sin apenas atención, esperábamos cualquier noticia nacional o mundial sobre un suceso intrascendente que movía a la nación o al mundo en la monotonía de una tarde de verano. Sin embargo, el corazón nos dio un vuelco al escuchar que Sevilla FC y Real Celta de Vigo descendían a 2ªB por no presentar avales por valor de 85 y 45 millones de pesetas respectivamente. No convivíamos con las redes sociales y la radio fue la aliada en estas primeras horas. En esa época comenzaba  a mandar un nuevo guerrero en los programas deportivos, de nombre, José Ramón de la Morena, aunque los oyentes confiábamos en la opinión del auténtico Cid Campeador de las ondas, José María García, capaz de solucionar los problemas sin necesidad de la justicia ordinaria. Desde el pitido inicial se posicionó a favor de los interese de ambas sociedades, tranquilizando a las aficiones.
 
En la ciudad, el sevillista de a pie tomó el gobierno, los consejeros desaparecieron y las puertas del estadio cerraron a cal y canto. Unos jóvenes, Ernesto, hoy @NODOSFC1890, y Javier, de forma espontánea propusieron una manifestación para la misma tarde del 2 de agosto. El llamamiento a la afición se realizó con la ayuda de Miguel Ángel Moreno y los micrófonos de la SER. La convocatoria congregó más de 20.000 corazones en las inmediaciones del ayuntamiento, para la eternidad quedará la portada de ABC con la Avenida de la Constitución pintada al completo con los colores del Sevilla FC. Esa era la primera piedra puesta para cimentar un triunfo que tuvo su rúbrica la mañana del 16 de agosto.
 
Observando desde la distancia que da el paso de dos décadas y  analizando bastante veces lo sucedido, mis conclusiones están muy bien sustentadas en unos fundamentos que tienen un gran peso. Este fue el triunfo del jugador número 12, la afición cogió el mando de las operaciones y el fútbol español se asustó de unos gladiadores que de manera pacífica pusieron encima de la mesa sus armas, la pasión por unos sentimientos que están por encima cualquier adjetivo calificativo. El poder de las acciones desaparecieron y por unos días el título de SAD se esfumó del nombre de la entidad para volver a ser el Sevilla FC, eterno, que supera a cualquier héroe de pacotilla. En este periodo transcurrido desde el descenso ha habido otros y ninguno se ha solucionado por la voz de la afición. Esto demuestra lo grande que es la parroquia que tiene en el barrio de Nervión su santuario y no omite su pasado porque le ayuda a seguir creciendo en el presente y futuro.