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sábado, 23 de abril de 2016

La guasa sevillana por los siglos de los siglos.

En la vida lo cotidiano es convivir con el concepto de caducidad, son muchos los seres vivos, objetos o acciones que tienen fecha de principio y final señalados en el calendario que marca los designios de este mundo terrenal. El tiempo pasa y no todo puede perdurar de manera infinita, no podemos luchar contra la madre naturaleza e ir en contra de los principios de existencia. Los cambios de periodos en la historia de la humanidad, siempre, han conllevado  alteraciones en las condiciones de supervivencia y con ellos algunas especies han desaparecido. Las formas de vida se modifican con las nuevas tendencias que van surgiendo y algunas costumbres se evaporan marchándose sin dejar rastros en el presente que nos toca vivir. Sin embargo, en nuestra tierra, por muchas revoluciones que haya en la sociedad y cambios de mentalidad, tenemos la obligación de eternizar por los siglos de los siglos una particularidad que nos hace diferente a los demás "la guasa sevillana".

Sevilla no es una ciudad graciosa es guasona porque gracia y guasa son antónimos. Hay personas que entienden ambos términos como sinónimos y sin darse cuenta están cometiendo un error. La gracia no hiere pero la guasa duele, en definitiva, es insultante. Sin embargo, la clave radica en la forma de decirla y entenderla, para hacer de la guasa un arte es condición imprescindible el haberse empapado de la esencia de esta bendita ciudad  en las calles de Triana o la Macarena, en el barrio de Nervión o Heliópolis o ser partidario de Belmonte o El Gallo.  Sevilla es una metrópoli dual, el sevillano tiene la obligación de decantarse por una de las dos alternativas que se nos plantea en cualquier campo, en esta bendita tierra, no esta permitido ser imparcial. No se entiende que puedas sentir lo mismo por los dos bandos porque si esto ocurre podrás pasear por la vieja Híspalis pero no entenderás la idiosincrasia de sus habitantes. 

Por este motivo, yo reniego de todo aquel que quiere enterar esta cualidad que nos distingue. Por mi forma de ser no concibo un partido de la máxima rivalidad entre mi Sevilla y el eterno rival sin la guasa sevillana. Sevilla necesita de "la tienda de los veinte duros", del "Cortiinglés", de la "Copa del Centenario", del "busto de D. Manuel", del "himno en bucle" o de "rejas cerradas". Aunque la guasa tiene un inconveniente que donde las dan, las toman y el pasado mes de enero en el Ramón Sánchez Pizjuán fue el momento donde la ironía alcanzó el mayor grado superlativo posible. Fue el instante donde la guasa sevillana se apoderó del ambiente, hasta el césped perdió protagonismo, la grada se adueñó del espacio y la sátira ganó al balón, en ese lapsus de tiempo se le pagó a la otra parte con la misma moneda que utilizaba en las horas donde creían dominar el campo de batalla. Los de verdes aguantaron estoicos sabían que era el botín que debían recibir por acciones pasadas y sin aparecer la violencia.

En consecuencia, yo no quiero un derbi sin la guasa sevillana porque forma parte del espectáculo y debe perdurar por los siglos de los siglos, mientras, Sevilla siga siendo Sevilla.