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viernes, 4 de enero de 2019

Mi bautismo en el Pizjuán.

Fue un 28 de octubre del año 1978 cuando me temblaron las piernas por primera vez al entrar en el estadio D. Ramón Sánchez Pizjuán, acceder por su puerta, avanzar por sus escaleras y asomar por su vomitorio para otear aquella grada y el verde césped son de las vivencias que nunca podré olvidar en mi vida. Para un niño sevillista pisar el cemento del anfiteatro nervionense y vivir una tarde de fútbol en Nervión es de las cosas más hermosa que le ocurrirá en su paso por este mundo. Nadie borra de su memoria el primer partido, ni el resultado, ni los goleadores. Yo fui idolatrando a Bertoni y regresé con Jaén como ídolo al conseguir  tres de los cuatro goles que marcó el Sevilla FC al Español de Barcelona. 

El tiempo pasa y la suerte de los niños de mi época es la desdicha de los actuales porque ellos cuando evoquen la primera vez que dejaron su huella en la tribuna de nuestro campo no recordarán el marcador final, ni el jugador que les hizo saltar de sus asientos con su primer gol en este teatro donde los sueños se cumplen, ni los once peloteros que formaban la alineación de aquel partido, ni mencionarán al rival que se enfrentó su equipo aquella jornada porque ellos no asistieron a un partido sino a un entrenamiento. Al salir hoy del estadio me decía mi sobrino que había disfrutado mucho, que también le tiritaban las piernas  pero que quería vivir un espestáculo de verdad, de esos donde juegan once contra once y se visten con la camiseta que se coloca cada tarde para jugar con sus amigos.

En ese momento se me hizo un nudo en la garganta y el silencio se apoderó de mí, no sabía cómo explicarle a mi enano que ese señor que nos había permitido ser feliz por un instante, que había adelantado el día de la ilusión a un cuatro de enero, privaba a todo el sevillismo de traer de la mano a su ser querido porque para él esto era una mentira y los niños les incomodaba. Los día de partido no existen los chiquillos solo adultos, las entradas infantiles desaparecieron de los carteles que anunciaban los eventos en el barrio de Nervión, para esos pequeños, sólo, queda esperar en casa que lleguemos y le contemos el partido o le acerquemos la bufanda o bandera que alguna vez nos regala en los días importante.

Espero que lo acontecido hoy le haga recapacitar y  vuelva a restaurar  aquella entrada que tan dichoso nos hacía a los pequeños sevillistas de los setenta porque no hay nada más bonito que levantarse un mañana pensando que vas a vivir una tarde de fútbol en el Ramón Sánchez Pizjuán.

   

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